"Aquellos que hemos perdido seres queridos en Perú ante la impunidad y el abuso, la corrupción y la violencia, sabemos que un museo en Lima no vá a regresar a nuestros familiares y amigos. Pero será aleccionador si la memoria de los caídos –de todos los sectores involucrados- fuera celebrada en espacios culturales de reencuentro de los peruanos."
Wari Zárate - Museo de la Memoria en Huamanga, Ayacucho
No me sorprende que el genocida y delincuente de Alan García, actual presidente de Perú, haya rechazado el donativo que el gobierno de Alemania ha ofrecido para construir un museo que honre la memoria de los peruanos asesinados durante la guerra civil que sufrimos los peruanos desde 1980.
Es que tanto Alan García como su vicepresidente Luis Giampietri -y muchos de sus asesores, amigos personales y compañeros de sus partidos políticos- son culpables de las muertes de miles de peruanos inocentes, encarcelados y matados a quemarropa y a dinamitazo cobarde, sin ni siquiera haber sido procesados ni comprobado su participación en ningún grupo violento.
Ellos, igual que el patético Ministro de Defensa el racista Ántero Flores Aráoz -quien estoy seguro preferiría abrir un museo para los paramilitares que mataron a diestra a miles de andinos inocentes- tienen miedo de que un día la historia los juzgue y terminen sus días en la cárcel, como parece ocurrirá con el nefasto dictador Alberto Fujimori.
No me sorprende tampoco la respuesta del Premier Yehude Simon, esa marioneta que un día fue un guerrillero del MRTA –infiltrado- y que ahora es un agente del fascismo apristoide fujimorista. Simon tampoco quiere recordar las vidas inocentes que su agrupación asesinó al tomar un camino fantasioso de guerras inútiles, que nunca
atacaron protestaron contra los verdaderos opresores del pueblo peruano, sino que torturaron y causaron el genocidio de los pueblos indígenas andinos.
El sinvergüenza de Simon dice a los alemanes que el gobierno peruano sí acepta la donación, pero no para construir el museo. Donde se ha visto tanta sinvergüencería, que un gobierno se arrodille a pedir limosna – es que se hace agua la boca y sudan las manos a esos apristas corruptos, de solo pensar en dos milloncitos que podrían usar para sus bolsillos hampones.
Mientras tanto, el mentiroso y despreciable Mario Vargas Llosa, se apresura en defender el posible museo, se sube al coche dicen en Perú. Acaso es que Vargas no sabe que un museo de esa naturaleza, incluiría una exhibición de los ocho periodistas de Ucchuraccay que fueron asesinados por los paramilitares disfrazados de indígenas andinos, y que Vargas Llosa defendió en su informe manipulado, como presidente de una comisión investigadora - formada por su padrino el entonces presidente oligarca Fernando Belaúnde.
Vargas es de la misma estirpe de esos arcaicos peruanos de ideas racistas y fascistas --como el actual Arzobispo de Lima Luis Cipriani, quien fuera Obispo de Ayacucho durante el comienzo de la guerra civil. Igual que todos esos militares y policías peruanos que viven en EEUU, Europa y en Lima, con miedos que algún día serán procesados por sus abusos.
Pues esto es lo que pienso.
Es necesario que los peruanos veamos nuestra historia con brutal honestidad, y aprendamos de ella: de nuestros errores y nuestros aciertos. Es necesario que los peruanos de mañana –cuando nadie de nosotros esté presente- sepan que cosa ocurrió en Perú, que hizo que los peruanos nos matemos unos a otros. Para que no se repita.
Pero un museo patético, tristoide, deprimente, no es la solución. Especialmente si se hace con dinero foráneo, menos aún de un país
tan racista de historial de racismo (a pesar de sus intentos oficialistas de arrepentimiento) como Alemania que está dirigido hoy por una ultra derechista y el país que acaba de premiar una película limeña racista. De ninguna manera.
Un museo que presente una exhibición de las muertes innecesarias y del drama del conflicto interno peruano, acusando y condenando, será como un espacio de tortura mental, innecesaria y terminará dividiendo a los peruanos más aún.
Los que alguna vez hemos visitado el Museo del Holocausto Judío, aquí en Washington, DC, hemos sido testigos del resultado tan manipulador y deprimente que este tipo de museos producen. Los judíos se exhiben como víctimas indefensas al extremo de presentar representaciones teatrales, de hechos y espacios que pocos pueden comprobar. Se presta a la manipulación. Al salir del Museo del Holocausto, uno siente rabia, pena, pesar. Sobretodo porque los judíos de Israel están haciendo hoy lo mismo y peor contra los palestinos en la tierra que les robaron.
Sugiero modestamente, que se construya una serie de monumentos en varias ciudades de Perú –hacer un museo en Lima seria una contradicción brutal y una broma de mal gusto- con exhibiciones de multimedia y como espacios de encuentro popular. Lugares urbanos y rurales de discusión, de multiusos, de promoción cultural y humana, de valoración de la vida.
Estos espacios monumentales deben ser sencillos, no ostentosos ni espacios de mentira. Ellos deben contener breves exhibiciones no solo las conclusiones de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, pero que además incluya la voz de las victimas de la violencia de Sendero Luminoso, del MRTA, de los paramilitares, así como de la Policía y las Fuerzas Armadas de Perú.
Se debe incluir la voz de los familiares de los militares y policías asesinados, aquellos jóvenes indígenas y negros que fueron enviados a asesinar andinos, bajo los efectos del alcohol y drogas muchas veces y que terminaron muertos por defender un estado fallido.
Porque es cierto que el Informe de la CVR tiene un valor innegable al denunciar la violencia de parte de todos los elementos armados involucrados. Pero tiene un error muy grande: esa comisión nunca incluyó la voz de los pueblos indígenas peruanos, como participantes del proceso -solamente como objetos de estudio. Tampoco se incluyó igualitariamente a los peruanos que fueron forzados a matar, o aquellos que lo hicieron creyendo que estaban defendiendo a su patria.
Además, casi todos los miembros de la CVR eran blancos limeños –no los culpo de su origen- y es que en los ojos de muchos peruanos ellos representan un sector de la sociedad peruana que hizo muy poco durante los años de la violencia interna, hasta que el MRTA y SL llegaron a Lima. Solamente entonces los peruanos limeños reaccionaron al sufrimiento diario que ocurría en el resto de Perú.
Para muchos limeños [
no todos], solamente la guerra civil tomó importancia cuando las bombas llegaron a sus calles. Cuando no podían salir a sus fiestas de noche por los apagones o cortes de luz, o cuando no podían ir al shopping center por miedo de un coche bomba. A ellos parecía que no les importaba que medio Perú estuviera bajo el control de la violencia armada, en tiempos cuando millones de andinos llegaban huyendo a la capital.
Lo digo porque yo estaba en Lima en esos tiempos.A los limeños en el poder, solo les bastaba enviar soldados y policías a matar guerrilleros y a gente inocente. Era un combate entre indígenas, negros y mestizos mientras que los criollos de Lima seguían su vida como si nada pasara.
Me alegro de leer a peruanos con sentido común y deseos de construir un país más justo para todos, con unidad, igualdad y respeto entre todos los peruanos. Saludo a la voz del peruano más ejemplar y famoso en la actualidad, el teólogo Gustavo Gutiérrez y su apuesta por la unidad y la paz entre peruanos. Me alegro por los pensadores progresistas Raúl Wiener, León Trahtemberg y Salomón Lerner, el anterior presidente de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, y por la tranquila opinión de la Defensora del Pueblo Beatriz Merino.
Me alegro sobretodo que Alan García y su mafia se oponga a que los peruanos recordemos nuestra historia. Es una prueba que ellos tienen mucho miedo, que sus conciencias los persiguen, y que viven sabiendo que son culpables de que muchos peruanos inocentes no estén vivos hoy. Saben ellos que las injustas políticas que siguen promoviendo hoy son la causa que justamente motivó a grupos fanáticos a crear una guerra interna hace unos años. La herida está fresca.
Aquellos que hemos perdidos seres queridos en Perú ante la impunidad y el abuso, la corrupción y la violencia, sabemos que un museo en Lima no vá a regresar a nuestros familiares y amigos. Pero será aleccionador si la memoria de los caídos –de todos los sectores involucrados- fuera celebrada en espacios culturales de reencuentro de los peruanos.
Podremos mirarnos unos a otros mediante las artes, las expresiones libres de nuestra gente, sin malicia, sin racismo, sin división. Por fin.
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