Jun 4, 2007

CHOQUEQUIRAO: EL OTRO MACHU PICCHU - NY TIMES

El diario NY Times, publicó hoy domingo 3 de junio este fascinante artículo que describe la experiencia de un joven estadounidense en su visita a la ciudadela Inca de Choquequirao, la cual es considerada por muchos como "el otro Machu Picchu" por razones que se explican justamente en esta lectura.

Esta es la traducción no autorizada que he realizado y que seguramente trae errorres por el limitado tiempo que tengo disponible. Para leer el articulo en inglés, ir a este link. Todas las fotos y mapa de esta entrada han sido publicados en el NY Times.

The Other Machu Picchu
El Otro Machu Picchu


Por ETHAN TODRAS-WHITEHILL
Publicado: 3 de junio del 2007
Fotos: Susana Saab para el NY Times

Traducción: Carlos A. Quiroz

El amanecer acaba de comenzar, y la ciudad perdida de los Incas yace desierta – ni un turista a la vista. Desde el sector de los sacerdotes, el punto alto de las ruinas, la plaza central de color verde intenso se estira a lo largo de la estrecha cumbre de una alta colina y baja precipitadamente en ambos lados hacia un río de color turquesa, miles de metros cuesta abajo.

En una pequeña recámara a menos de un metro desde donde yo estaba parado, el sacerdote principal meditaba diariamente buscando la guía de su Dios. En las estructuras de dos pisos con techo empinado de cuesta abajo y a la izquierda, los obreros han soltado ya sus herramientas en la noche - hombres cansados tropezándose después de un día de cortar y arrastrar piedras. Más atrás resta un panorama de la selva y picos de más de 5,180 metros. Alrededor mío había silencio – y aislamiento.

Esto era Perú, pero no en el famoso Machu Picchu. Yo estaba en Choquequirao, una ciudad hermana de similar importancia construída bajo líneas similares, pero más difícil de llegar y, por el momento, libre todavía de turistas suficientemente como para que un visitante pueda imaginar, sin mucho esfuerzo, a los sacerdotes y constructores, los suplicantes y cortesanos deambulando por sus caminos y plazas. Hace veinticinco años, Machu Picchu debe haberse visto muy parecido a esto.

El constructor de Choquequirao, Topa Inka [Tupaj Inka Yupanki], escogió la ubicación y el diseño precisamente por su parecido con Machu Picchu, la ciudad de su predecesor Pachacuti, de acuerdo a Gary Ziegler, un arqueólogo independiente estadounidense quien trabajó en la primera excavación de Choquequiaro [Nota de Peruanista: escuché una vez al arqueólogo peruano Ramiro Matos, decir que las ciudadelas indígenas que no tenían un exclusivo uso religioso, eran propiedades de los nobles similares a feudos medievales, con poblaciones dedicadas a servir a sus dueños y sus dioses.] Las dos ciudades eran casi del mismo tamaño y servían para las mismas funciones religiosas, políticas y agrícolas. Pero ya que los arqueólogos le restaron importancia, la primera excavación recién empezó en 1993, después de 300 años de conocerse su existencia. Solamente un 30% [de la ciudad] esta descubierta. El gobierno peruano recién esta comenzando un plan para atraer el turismo de larga escala.

En el 2006 Choquequirao atrajo 6.800 visitantes, de acuerdo al Instituto Nacional de Cultura de Perú, más del doble que en el 2003 pero un poco más que el 1% de los que fueron a Machu Picchu. Por ahora, Choquequirao aún queda como “un sitio Inca que puedes visitar sin encontrar un grupo de 60 turistas japoneses y dos guías turísticos con paraguas y megáfonos,” me había dicho el Dr. Ziegler – es un “viaje para el viajero refinado.”

Yo estaba viajando con 5 acompañantes: mi enamorada, una pareja israelí que eran ambos veteranos del ejército, un estudiante holandés y un contador de Arizona convertido en vago. Nos habíamos unido en un grupo mientras estudiábamos español en una escuela de idiomas en Cusco.

La primera etapa de nuestro viaje a Choquequirao nos llevó a Cachora, el pueblo más cercano. No hay un servicio de bus directo, por lo que llegamos desde Cusco con un taxi – un destartalado station wagon que se sacudió y torció por más de 161 kilómetros a través de un camino mal pavimentado. Cuando llegamos, bien después del crepúsculo, el cielo estaba punteado con los últimos centellas de tonos rojizos en el pico nevado de Salkantay, tan imposiblemente alto y encima de nosotros que era más fácil creer que eran estrellas.

Cenamos en la Terraza de Choquequirao, un restaurante de dos mesas y sin menú, propiedad de Gilberto Medina, un hombre delgado y respetuoso que conversó con nosotros mientras tomamos te de coca. En el año anterior, el nos dijo, la calle principal del pueblo fue pavimentada y dos nuevos restaurantes se han unido al negocio. Hay hoteles en construcción, y el primer café de Internet ha abierto.

En Cusco antes de salir de viaje, Pedro Tacca, el Director de Patrimonio del Instituto Nacional de Cultura, me había hablado sobre la importancia de preservar comunidades como Cachora y otras ciudades cerca a Choquequirao mientras el turismo a ese lugar está creciendo. Me dijo que Perú está intentando controlar el crecimiento y acceso a Cachora para prevenir que se convierta en otro Aguas Calientes, la ciudad más cercana a Machu Picchu, que se compone enteramente de tiendas para turistas, de restaurantes y de alojamientos, con una línea del ferrocarril – por donde llegan los turistas - en vez de una calle principal. “Es una comunidad sin personalidad,” él dijo, “horrible en contraste con el majestuoso y hermoso Machu Picchu.”

Para ahora, Cachora todavía le pertenece a sus residentes, granjeros cuyas formas de vida han cambiado poco en siglos. Invitados por el Sr. Medina, fuimos a la escuela primaria a ver la celebración del Festival de la Virgen del Carmen. Niños en camisas de franela, anchos vestidos y coloridas mantas realizaron danzas tradicionales, caminando ostentosos, girando y robándose la mirada de sus enternecidos padres. Al final, una torre de bambú de 8 metros de remolinos inflamables, unidos por fusibles hechos de papel periódico, abrió una lluvia de chispas coloridas. Los niños ataron sus camisas sobre sus cabezas y corrieron hacia adelante y atrás debajo de las chispas ardientes como si fuera una ducha de patio, gritando de alegría.

Desde Cachora, el camino a Choquequirao son 32 kilómetros dificultosos a través de las montañas. La mayoría de los visitantes alquilan caballos, pero como todos [en nuestro grupo] estábamos en nuestros 20's, decidimos ir a pie, saliendo de la ciudad por la mañana siguiente con mulas que llevaban nuestros paquetes. El camino polvoriento nos llevó a un edredón de campos y de casas de adobe unidas por líneas de enormes plantas de sábila o aloe y de oscilantes árboles azules de eucalipto. Nuestras piernas siguieron el camino a lo largo de los ventilados acantilados del río Apurímac, pero nuestros ojos permanecían fijos en el pico de Salkantay al norte, apareciendo ya con la luz del día como si fueran placas protectoras de un estegosaurio masivo cubiertas de nieve.

Después de un descenso vertical de más de 1.200 metros que arruinaban las rodillas, pasamos la segunda noche en un sitio para acampar que resulto lleno de sorpresas agradables como inodoros con desague, una ducha y botellas frías de Coca-Cola de una mujer cuya familia las había traído para venderlas a los turistas. A la mañana siguiente nos embarcamos en la última y más pesada parte del camino: más de 12 kilómetros y 1.500 metros verticales de ascenso.

Paramos después de dos horas, felices de descansar, en una aldea de la tres chozas llamada Santa Rosa, donde en un almacén cubierto de paja, Julián Covarrubias, de 25 años y rostro de niño, con una sudadera Adidas desteñida y una barba limpia, nos dijo que había visto entre 15 a 20 turistas por día, y eso era ya bastante para él. Hace cinco años solamente uno o dos por mes pasaban por allí. Claro, nos dijo, ahora él vende más Coca-Colas, pero su familia que ha estado en estas tierras por más de 100 años, cultivando caña de azúcar, paltas (avocados) y papayas, y que encima sobrevivieron la ocupación de Sendero Luminoso en los años 1980's, no deseaban irse ahora para dar espacio a los proyectos de turismo del gobierno.

Regresamos a la ardua caminata (la que el gobierno espera eliminar eventualmente construyendo un funicular hasta la montaña) y al caer la noche estábamos armando un campamento en el terreno del gobierno justo debajo de la plaza principal de Choquequirao. Un hombre se nos acercó – en sus cuarentas, con una cola delgada de cabello marrón una camisa abotonada encima de una camiseta con la caricatura del demonio de Tasmania- y nos dirigió a un lugar diferente, diciendo con calmada autoridad, “Yo decido quién acampa y donde.” Era Enrique Yábar, el jefe del parque de Choquequirao.

El Sr. Yábar me dijo que si dependiera de él y de sus 24 trabajadores, Choquequirao seguiría siendo desconocido hasta que se hagan más trabajos para limitar los efectos del turismo. “Todos nosotros como habitantes de los Andes.” me dijo, “somos guiados por nuestros dioses, las montañas, y tenemos la misión de protegerlas.”

No podía esperar hasta la mañana para ver las ruinas, y tampoco podía Avishai, el hombre israelí. Fuimos de excusión hacia arriba y emergimos hacia la cumbre de la montaña, un viento fuerte cortaba a través de nuestras casacas (chamarras) de material térmico. Un cóndor de alas anchas se balanceaba en un termal unos pocos cientos de metros abajo y se detuvo de repente, como colgándose de un móvil. Comenzamos a caminar escalando las piedras y explorando a través de antiguos portales como dos chiquillos en un gimnasio de la jungla. Por unos pocos minutos preciosos, esa cumbre, esos miles de metros de colinas violetas, esos edificios tan venerados por una civilización [pasada], fueron [solo para nosotros], y nuestro deseo de soberanía era como un juego tonto.

Al día siguiente, después de mi momento de tranquilidad en el amanecer, todos exploramos las ruinas. Nuestro jalador de mula conocía un poco el lugar, pero nosotros nos guiamos solos en la mayor parte. Yo tenía fotocopias de material del gobierno en español; es que el único libro en inglés que encontré estaba lleno de hermosas fotografías pero era demasiado pesado para cargarlo a la montaña. Vimos solamente otros seis turistas.

Choquequirao, como toda ciudad Inca de importancia, ha sido trazada en alineación con los movimientos del sol y las estrellas. Un edificio en la plaza central tiene aberturas en las cuales colocaron a las momias de ciudadanos importantes, y es sobre esos orificios que diariamente caen los primeros rayos del amanecer.

El templo central de la ciudad es un rectángulo pequeño en el otro lado de la plaza con depresiones separadas uniformemente para los altares y ganchos de piedra donde los sacerdotes colgaban sus ropas. Lo más llamativo acerca del templo es lo pequeño que es, como aquellos de Machu Picchu, ahí podrían caber quizás 20 fieles y tiene muy poco de la grandiosidad arquitectónica de una mezquita, una iglesia o de una sinagoga. Pero es que, un intento de grandiosidad humana aquí, en las sombras de una montaña dentada de la selva Corihuayrachina y en frente de áridas montanas de forma de bóvedas, tan enormes que estas hacen ver pequeñas a las nubes, podría parecer redundante en el mejor de los casos.

A pesar que Choquequirao es más esparcido que Machu Picchu, y por ello menos fotogénico, el promontorio en el que esta ubicado alcanza su mayor atracción con la colina ceremonial detrás de la plaza, una versión pequeña de la montaña rugosa [Huayna Picchu] vista en cada foto de Machu Picchu. La subida toma solo unos pocos minutos pero se consigue una vista de 360 grados de las ruinas y del paisaje alrededor. Una característica curiosa de este cerro es que ha sido abierto, aplanado y limpiado de vegetación por los Incas [es decir el pueblo Quechua] para que sus sacerdotes puedan realizar rituales ahí.

En el otro lado de la plaza, la ciudad sube rápidamente arriba del cerro siguiendo un acueducto de piedra tallada donde el agua fluirá otra vez en unos años mientras que la restauración continúa. Este alcanza pronto un zigzag de terrazas [o andenes] que reensamblan las escaleras de un ser gigante. Los Inkas estaban tan obsesionados en construir ciudades en las cimas de las montañas, que desarrollaron estas terrazas para cultivar alimentos. Choquequirao tiene algunas de estas largas estructuras esparcidas alrededor [andenes] que parecen terrazas para cultivar arroz, imponiendo un orden angular en los precipicios naturales, pero estas terrazas angostas eran especiales. Los sacerdotes probablemente las usaron para cultivar la especial coca que aparecía en sus rituales. (Los pueblos modernos andinos todavía usan la hoja de coca, no para hacer cocaína sino para el suavemente eufórico té de coca que aparentemente ocupa el mismo lugar en su cultura como es para nosotros el café, alcohol y la aspirina envueltos en uno.)

Un camino en la plaza central conduce hacia el distrito residencial, un complejo de casas simples de cuatro muros y recientemente expuestas, que la selva está haciendo lo mejor para recubrir. El lugar tiene una energía macabra como en “Indiana Jones y el templo de los condenados” aumentada por el crujir de desconocidos animales en el fondo. Ese miedo que hace mirar a los costados de los hombros, esa clase de subidas de adrenalina que tú esperas en una ruina antigua, son todavía posibles en Choquequirao.

Mis estructuras favoritas fueron las casas con techo empinado entre la plaza central y la que está debajo de la sección del sacerdote. Estos eran los edificios más grandes en el lugar, y solamente les faltaba la cobertura de paja para ser habitables (y quizás un sofá o dos.) Adentro de uno de ellos, me eché recostando mi espalda en el piso de pasto cortado tan cuidadosamente y eso me reveló el entrelazado trabajo de cantería Inca – y el silencio. Todo el día, mi grupo vió solamente seis visitantes en Choquequirao. Yo podría haberme tirado en el centro de la plaza central, la cual en Machu Picchu tiene prohibida estrictamente la entrada, y nadie me hubiera molestado.

Choquequirao es verdaderamente la ciudad perdida de los Incas. En los días de la [invasión] española, Choquequirao se convirtió en el principal centro religioso para el moribundo estado Inca, pero su nombre no aparece en ninguna crónica de esos tiempos. Sr. Ziegler especula que los Incas no querían que los españoles sepan de su existencia; de hecho, ellos nunca encontraron la ciudad. Cuando ésta fue abandonada en el siglo XVI, simplemente fue cerrada, con las herramientas dejadas en el lugar para que arqueólogos como el Sr. Ziegler las encontraran cientos de años después, “como si alguien hubiera apagado las luces y se hubiera ido por la noche,” él dijo. El primer [europeo] en visitar fue Juan Arias Díaz, un explorador español quien llegó al lugar en 1710.

Después durante el día, ví a un hombre en camisa de denim y una gorra de ancho vuelo estudiando unos papeles encima del muro bajo de piedra. Le pregunté si era un arqueólogo. El sacudió su cabeza y dijo algo en español que no pude entender, y entonces intentó otra vez, diciendo en un inglés con un acento fuerte, “¡Tu sabes: damas y caballeros!”

Su nombre era John Chávez, y era un actor contratado por el gobierno peruano para saludar a los turistas y mostrarles la plaza central. Pero él todavía no se aprendía el libreto. Cada vez que le hice una pregunta, él miraba sus notas, que estaban resaltadas y anotadas como un libro de historia de la secundaria, y después me dió una respuesta enredada, incompleta o de vez en cuando incorrecta.

Yo encontré su incompetencia extrañamente fascinante. Por todas las historias que he escuchado de viajeros ancianos acerca de cómo eran los grandes lugares del mundo antes que estos se volvieran nombres famosos – Angkor Wat, Praga, Machu Picchu – yo finalmente ya tengo uno propio: “Yo estuve en Choquequirao cuando ni siquiera los guías turísticos sabían lo que estaban haciendo.”

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VIDEO: CHOQUEQUIRAO
(8:50 minutos) Este video publicado en Youtube, complementa muy bien el artículo publicado, aunque termina en un comercial publicitario, lo he publicado por la valiosa información que muestra.




3 comments:

  1. HOLA CORLOS COMO ESTAS ?' BUENO SI TIENES RAXON ES CUSCO , YO SOY DE CUSCO .. CHAU CUIDATE

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  2. Hola Carlos : Te feclicito por tu weblog, es muy bueno , en particular este post sobre Choquequirao. Yo tambien viajo bastante aunque por las alturas de Lima pero, este año iré para allá.
    Un gusto.

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